Viernes, 13 de noviembre de 2015

Publicado el 14 de noviembre de 2015

Es viernes y es trece, y de repente todo está oscuro, en silencio. Un calor húmedo penetra por debajo de la ropa de Lucien. Suave y líquido, y entonces nota el terror. No puede moverse y le invade un profundo olor a hierro que le transporta a su hogar, al tacto frío de la barandilla de la abuela. Puede escucharla cacharreando, oye de forma nítida cómo bate enérgica los huevos, da fuelle a la chimenea y aclara los platos bajo el fuerte chorro del grifo. Esos sonidos se le hacen cada vez más cercanos hasta que se da cuenta de que el fuego que oye está junto a él. Le entra pánico. Un miedo pegajoso que le recorre la garganta. Sabe que está cerca de la muerte porque su infancia se le hace presente. Esta vez con sabor a chocolate, a avellana, a Navidad. Y su abuela se hace un hueco en medio de esa escena dantesca. Va con su gorro de invierno, su camisón blanco y su sonrisa dulce que le coge de la mano, con aquella mano fuerte que siempre tuvo. Es viernes, y es trece, y aunque hace generaciones que no somos supersticiosos, la abuela de Lucien estaba preparada para ir esta noche a por él.

La piedra que ponías encima

Publicado el 22 de octubre de 2015

La puerta era de color madera, de esas maderas negras de tanto marrón oscuro y de tanto barniz para poder aguantar los inviernos nevados y los veranos tórridos de La Mancha. Al entrar olía a polvo, a humedad porque era planta baja, a los chorizos que la abuela estaba ya preparando y otro olor dulzón que no sabías identificar hasta que no subías a la cámara y veías colgar los racimos de uvas a medio camino de ser pasas. Y cuando te sentabas en la mesa todos los sabores del pueblo se hacían presentes: las morcillas, la panceta, las longanizas, el queso manchego, el pan que jamás volverás a probar igual en ningún otro lugar, y el agua dulce de tan mineral. Y en ese momento no sabes si vender o no la casa de la abuela. Que si está muy lejos, que si ya no vamos nunca, que si cuesta mucho mantenerla, que si qué bien nos iría ahora un dinerillo, que si el tío Antonio ya ha vendido, que si nos ahorraríamos hacer el váter de obra, que si, que si, que si… Y entonces me acuerdo de la cuadra donde teníamos que salir a mear, a cagar, a vomitar las grasas del pueblo que nuestro estómago de ciudad no admitía. Me acordé de aquella piedra que había que poner encima, cuando hacías, para que tus padres y tus hermanos no la pisaran porque la linterna que cogía el papá no alumbraba nada y mis hermanos alumbraban a los ojos para fastidiar, en vez de al suelo para ver lo que pisabas… Y, aunque no quisieras, llegaba el lunes, y todos a Valencia, con tu váter sin piedra, tu ducha de agua caliente, tu sofá, tu tele, tus amigos de ciudad que no llevan el “la” delante del nombre y tu rutina. Y el recuerdo de la piedra que ponías encima me hace pelearme con toda mi familia, al decidir quedarme para mí la casa de la abuela.

Hasta no se sabe cuándo

Publicado el 2 de octubre de 2015

Lucía se recoge el pelo ante el espejo. Su pelo castaño claro, en una trenza angelical que recuerda su niñez. Pero ya tiene 32 años y su mundo de cristal se está empezando a tambalear. Los niños en el colegio, la casa recogida, la comida preparada y su cita con él. Su primera vez. ¿Antonio sospechará? Las piernas se le paralizan en el segundo paso. Retrocede. De vuelta en casa, se lamenta. Pero ¿por qué no? Él también lo hace… Y sabe que ese argumento aún la paraliza más. Lucía se deshace la trenza ante su espejo, en un día que pudo y no fue, aunque ni ella sabe hasta cuándo.

«Con miedo y todo, que tiene más mérito»

Publicado el 11 de septiembre de 2015

¡Qué dolor de barriga! ¿Serán los nervios? ¿Me habrá sentado algo mal o el virus de la pancha? ¡Qué se yo! La verdad es que estuve toda la noche pensando qué me podría inventar para no ir a la exposición oral. Pero si digo que me duele la barriga van a decir que son nervios y la profesora es capaz de suspenderme, o a lo mejor me aprueba con un cinco porque en el teórico saqué un siete, o a lo mejor me deja que lo haga otro día, o a lo mejor me suspende todo el curso, o a lo mejor… no se me ocurren más opciones… Pero ¿y si es virus y se lo paso a todo el mundo? Porque los virus se propagan por el aire, que de eso también he tenido examen esta semana. Y toda la clase ahí vomitando y cagando. ¡Eso estaría guay! La profesora y todo, así nadie podría hacer la exposición oral (incluido yo mismo). También podría ser que me hubiera sentado algo mal. Como anoche me quedé a dormir en casa de mi padre porque mi madre salía de fiesta y me dio para cenar un pollo frío, requemao, seco… pero yo creo que me sentó mal porque no estoy acostumbrado a tanto silencio. En casa de mi madre siempre cenamos con la tele a tope, los mellizos (que no sé con quién los dejó anoche) dando la lata, y el novio de mi madre renegando por la cocina. Y hablando de los mellizos, seguro que están en casa de sus abuelos, que no sé por qué ellos tienen que tener unos abuelos guays, con perro y todo, y a mí me toca tener una abuelita de misa diaria que nunca come carne porque dice que es cuaresma. No sé qué habría hecho anoche con el pollo requemao… Ya sé que mi madre diría que es normal que tenga celos. «Es normal que tengas celos, cariño». Pero no es eso, es que no sé por qué a los mimaos estos les toca todo lo guay, hasta los abuelos, y a mí todo lo chungo: un padre que me da pollo asqueroso (que seguro que es lo que me ha sentado mal) y que además es un pesao, unos hermanos puñeteros, una abuela anticuada, una exposición oral… ¡Ostras! El cartón para la clase de tecnología está en casa de mi madre… (recordando mis cosas chungas). Pero claro, aún tengo que decidir si voy o no al instituto. Y si no voy, tengo que pasar antes por casa de mi madre, y de todas maneras también tendría que ir porque anoche no pude repasar la exposición oral porque me traje a casa de mi padre la funda de las gafas vacía. Sin gafas. Si estuviera en casa de mi madre me diría que no fuera al insti, que ella me haría justificante. Pero tener que hacer la exposición oral otro día… ¡Qué vergüenza! Se me pondría la cara súper roja, como siempre, pero más aún, casi violeta por ser el único de ese día, estoy seguro. Me voy a casa de mi madre, con mi dolor de barriga, a ver si me hace ella el dichoso justificante de falta. ¡Oh, no, el aspirador! Es miércoles y toca limpieza en casa de mi madre… Pues, cambio de idea, mejor cojo las gafas, el cartón para tecnología y me voy a mi exposición oral, como dice mi sicóloga «con miedo y todo, que tiene más mérito».

Concuñadas

Publicado el 25 de agosto de 2015

Miedo me da que no venga esta noche. Aunque no sé si es peor que venga. Y no es que yo sea rencorosa pero es que lo de la otra noche no se puede perdonar. Yo ya sé que tú estás cegado con ella, porque es tan echá pa’lante, tan de podemos, pero lo que hizo la otra noche es muy fuerte, Manuel, tirarle a tu hermano el anillo de compromiso por la ventana porque es de la casta, eso sí que es un feo. Y no me digas Manuel que le saco punta a todo, porque eso estuvo muy mal. Yo no sé cómo tu hermano aún sigue con ella. Y no lo digo por el dinero que le haya podido costar, que conociendo a tu hermano lo habrá cogido de bisutería de esa hippie, pero es el feo, no sé, es que estos perroflautas no son ni románticos…, aunque ellos van por ahí diciendo que su amor es intenso, no sé yo qué intensidad es ésa, si cuando te hacen un halago, delante de toda la familia, lo tiras por la ventana. Por favor. A mí, de verdad, y eso que tu hermano ya sabes que no me cae muy bien, pero se me cayó el alma a los pies de ponerme en su lugar. Ese bochorno. Claro, que la verdad es que no me imagino cómo le iba a caber a esa chiquilla ningún anillo, con esos dedos traslúcidos que tiene, que digo yo que no hace falta no comer para ser de podemos, ¿no? Que parece aérea siempre flotando, yo creo que no llegará ni a los 40 kilos… Ahora te digo, que a mí me resbala como el agua, si ella es una estúpida y tu hermano se lo consiente es su problema, Manuel, allá él. Pero ya ves tú, qué le costaba hacer el paripé delante de todos y luego guardar el anillo en un cajón. Anda que no he hecho yo eso miles de veces. ¡Ay!, no me mires así, que alguna cosa de las que me regaláis, ¡vaya tela! De verdad, Manuel, a mí tu hermano la otra noche me dio pena. El pobre que había encendido su pachulí ese de olor a jazmín, que menuda peste que hacía, y va la otra y le tira el anillo por la ventana. Y encima cómo lo dijo. «Las joyas son ostentación de la casta y se merecen tirarlas al abismo, con los privilegios de los de siempre». ¡Ya le vale, ya! No sé que me da más miedo, si que no venga esta noche, o que sí que venga.

Ya tengo un hogar

Publicado el 12 de agosto de 2015

No estaba en el convento por voluntad propia. Su padre, un terrateniente dueño de cuanto abarca la mirada, la había metido allí. Un hombre intransigente, de férreos principios, que casi la mata cuando la descubrió en la cama con la joven doncella que acababa de entrar al servicio de las hijas del dueño de la mansión. La amenazó con casarla con un hombre elegido por él si no entraba de monja en el Convento de las Trinitarias. Ahora no se arrepentía del curso que había tomado su vida pues allí dentro, entre esos muros de piedra, fríos y tristes, había conocido el amor de su vida.

Las dos tramaban día y noche planes de fuga, encuentros furtivos, ocasiones fugaces en las que juntar sus miradas o entrelazar sus dedos. Los muros de aquella cárcel no podían frenar una pasión que se alimentaba de mentiras, aunque sí podían esconderla. En los cinco años que estaba allí encerrada nunca recibía cartas, jamás una noticia de fuera, y mucho menos una visita. Pero aquel día cambió su vida para siempre. La hacía llamar su mismísimo padre, no con una orden, no con una exigencia, ni con un mandato, sino con un ruego, una súplica.

Viejo, cansado y abandonado por unos y otros, venía a pedirle que saliera del convento para hacerse cargo de él, a cambio de que fuera discreta. Le ofrecía su herencia, sus tierras, su casa, su apellido. En una milésima de segundo la mirada de la chica le respondió, una mirada que el padre sólo entendió al escuchar de sus labios: “padre, yo ya tengo un hogar, no necesito una casa”.

Creo que no necesitaba esta celebración

Publicado el 4 de agosto de 2015

Vale, sí, ya tengo mi sentencia de divorcio y por fin soy libre, pero ¿compartirlo así, como si fuera una victoria? No es una victoria, sino un fracaso. Fracaso no haberlo visto venir, fracaso no haberlo superado, fracaso que nadie me lo dijera… Pero hoy sí, hoy todo el mundo lo había visto venir, a nadie le caía bien, ni siquiera a mi hermana. Resulta que nunca habían dado un duro por nuestra relación, y ¿me entero hoy? ¿Quince años después y con la sentencia de divorcio en la mano? Y, si no, la prima Vero que dice que sospechó hace dos años, una Nochebuena que fui sola con los niños a la cena familiar porque él estaba con su abuelita de León. Y no solo porque le pareciera sospechoso, como le resultó a todo el mundo, parece ser menos a mí, lo de la abuelita de León, sino porque ella se lo encontró más tarde tomando copas… y yo me entero hoy. ¿Hubiera querido saberlo entonces? Imagino que no, pero si no lo supe entonces, ¿para qué querría saberlo hoy? No, definitivamente, no necesitaba esta celebración.

El Pino Panzón

Publicado el 29 de julio de 2015

¿Quién me mandaba a mí casarme con el Pino Panzón? Si ya me lo decía mi madre que los panzones eran unos gandules, que no hacían más que holgazanear todo el día pavoneándose por el pueblo de que este terreno es mío, esas caballerizas son de mi tío, y que aquéllos son mis segadores… ¡Anda y que les zurzan a todos ellos! Y yo voy y me caso con el más alto, con el Pino que le decían de chico, y así se ha quedao, con el Pino Panzón, que éramos las risas de todo el pueblo, fíjate tú, el Pino casado con la jardinera. «Ándate con ojo, Pino», le decían sus amigos, «que la jardinera te poda pronto las ramas». Y no le he cortao nada, no, aunque bien se lo merece, porque es tan gandul como todos los Panzón, que ya lo decía mi madre. Y ahora, encima, ya ni se pavonean porque aquellos terrenos los han malvendío, porque las caballerizas se han arruinao y porque ya no hay segadores que valga. Porque los nuevos panzones han sido tan torpes que ni guardar lo que tenían han sabido. Y éste el más tonto, el Pino mío. «Que no, que dáselo a madre que tiene menos. Que no nos hace falta que mi mujer trabaja. Que se lo quede el Antoñito que tiene cinco hijos…». ¿Y yo qué? Yo también tengo dos panzonetes que encima mala suerte tienen de tener por padre al más tonto de todos… ¡Todo lo que tiene de alto lo tiene de tonto! Si ya me lo decía mi madre…

Hay personas a las que uno no las entiende aunque vengan con subtítulos

Publicado el 12 de julio de 2015

Y aquí estamos, un viernes más. Yo, frente a mi plato de lasaña de verdura y él frente a su pizza barbacoa, mi agua y su pepsi-cola. Cinco años casados, tres de novios. Y en el mismo Gino’s. Olor al sudor de la camarera, color rojo de su delantal, de mi servilleta. Y uno de los dos tiene que sacar el tema. No seré yo. La lasaña se me apelmaza en la garganta. El sabor suave y cremoso de otras veces se me hace ahora pastoso, macerado, como nuestra relación. Los dos sabemos que si él no saca el tema yo no lo haré. La salsa barbacoa le chorrea por la barbilla y entonces se decide:




— No es que ya no te quiera, nena…

Y yo solo puedo mirar al chorretón marrón rojizo resbalándole sobre el mentón.

— Ah, ¿no? —atino a responder.

— Claro que no, nena. Yo te quiero como el primer día pero es que…

Y el «pero es que» me atraviesa decidido…

— Es que, ¿qué?

— No sé, nena, que ya no es lo mismo… Que tú vas a tu bola, yo a lo mío, y ya no hablamos, no nos reímos…

Y entonces pienso que de qué coño está hablando si hace años que no aparece por casa más que para ver el fútbol y siempre con sus amigotes y sus mujeres y siento como si él estuviera hablando en alemán y yo en ruso, como cuando siendo yo pequeña, y tan zalamera como era, vinieron unos amigos de mis padres que eran alemanes y que apenas hablaban español y yo, siendo tan zalamera como era, y ya creo que no lo soy, cogí a uno de ellos de la mano para ir de paseo. Cuando me cansé le dije: «me suda la mano», y él me contestó «¡ya!, que soy alemano», y me tocó ir cogida de él hasta que llegamos a casa. Ahora igual. Quien habla alemán es él y yo no entiendo nada, aunque si pusiera subtítulos, ahora mismo en lugar de «tú vas a tu bola y yo a lo mío» pondría «te estoy poniendo los cuernos». Y donde él dice «nena démonos un tiempo» su subtítulo es «quiero ser libre». Pero al llegar al «nena yo te quiero mucho», yo leo «no me pidas el divorcio porque mi padre me mata». Y donde dice «no atosigarnos» es «no me agobies». La salsa barbacoa pegada y seca en su barbilla. La servilleta roja arrugada, la lasaña entera en mi plato, el sudor de la camarera más agrio.

— Nene, te pido el divorcio.

Y en mi servilleta, por si necesita subtítulos, pone: «Nene, te pido el divorcio».

Cómo deshacer la palabra amor sin que se rompa

Publicado el 21 de mayo de 2015

Quisiera deshacer la palabra amor. Y cómo deshacerla sin que se rompa. Que deje de existir. No. Que deje de pronunciarse. Que nadie la utilice. Le llamamos amor, pero no es. No me pidas que te dé amor porque no es eso. Necesito tu cuerpo. Quiero quedarme en ti, una noche, un día entero, una pasión determinada. Pero ¿amor? No le llames amor, porque no es eso. Desandemos el camino. Olvida la palabra dicha. Entrégame tu cuerpo como hasta ahora, sin promesas, sin palabras, sin tequieros. Nuestros cuerpos enlazados deshaciendo la palabra amor, pero sin romperla, quizá algún día la tengamos que pronunciar.